En mi familia, desde que era pequeña, cada Semana Santa era un tiempo de recogimiento y reflexión. Un tiempo para acercarnos a Dios, estar en familia y asistir a la iglesia para compartir nuestra fe. Este año la Semana Mayor en el mundo se vivirá de una forma diferente por causa de la pandemia del coronavirus, que nos tomó por sorpresa, sin ninguna preparación pero que por contradictorio que parezca, ha sido la responsable de llevarnos a pensar en las prioridades de la vida, a pensar en el otro, a ser empáticos, cuidar el medio ambiente, ser más conscientes de nuestro actuar y esperar con paciencia a que esto pase, porque va a pasar y, de ello, esperemos que persistamos en las enseñanzas.


Ha sido un tiempo en el que las llamadas con los familiares y amigos se han intensificado, sin los afanes que nuestra antigua rutina nos exigía. En esas conversaciones, los sentimientos encontrados como la tristeza, el miedo, la impotencia, y en algunos casos la desolación me llevó a buscar en la Biblia una palabra que nos levantará, porque yo también sentía temor, y esto fue lo que encontré: “Que esto quede registrado para las generaciones futuras, para que un pueblo aún no nacido alabe al señor. Cuéntenles que el Señor miró hacia abajo, desde su santuario celestial. Desde los cielos miró la tierra para escuchar los gemidos de los prisioneros, para poner en libertad a los condenados a muerte. Por eso la fama del Señor”. Salmos 102:18-22
Cuando la leí sentí el amor de Dios y esa confianza de que en sus manos tendremos la oportunidad de escribir una nueva historia, de contarle a nuestros hijos cómo Él nos libró de la muerte. Y en medio de la dificultad cómo el gozo del Señor nos fortaleció.  Me gusta la definición de Gozo que aparece en la Biblia: deleite, bienestar, placer, disfrute. Estado que surge de una relación correcta con Dios, de conocerlo y servirlo. Ese es el llamado, a permanecer en él, a buscar su rostro y qué mejor momento que ahora cuando tenemos la necesidad de su amor y su tranquilidad.
La Semana Santa se presenta como una oportunidad para crear y fortalecer esa relación con Dios, que más allá de verlo como un ser lejano, podemos acudir por ayuda, paz, sabiduría y amor. Ese amor inagotable que todo lo hace nuevo. El papa Francisco en su homilía del domingo de Ramos resaltó que "hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: 'Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene'".
Abrir el corazón al amor de Dios es tener la certeza que nos tomará de la mano y nos llevará a sus brazos de amor. Porque a Dios no le bastó con darnos la vida de su hijo Jesús en esa cruz, sino que nos invita a vivir la plenitud del cielo en la tierra. Dirige nuestro camino y lo cuida para que no caigamos. Nos enseña a caminar por fe.  Hoy entiendo que caminar por fe es siempre ver esa foto con los ojos de Dios, quien conoce su toma final. Y aunque las circunstancias digan lo contrario, su palabra es clara: “quédate quieto en la presencia del Señor y espera con paciencia a que él actúe”, Salmos 37:7. Porque cuando veamos la respuesta a cada oración, sin importar el tiempo que haya pasado, entenderemos que cuando Dios pone un sueño en nuestra vida o nos da una promesa esa se cumple contra viento y marea.  

Por estos días cuando el corazón y la mente se invaden de angustia es inevitable escuchar la voz de Dios. Al leer Isaías 30:22 “Entonces destruirás todos tus ídolos de plata y tus valiosas imágenes de oro. Los desecharás como trapos sucios y les dirás ¡Adiós y hasta nunca! Seguido de “Yo sé que llegará el día glorioso cuando cada uno de ustedes desecharán los ídolos de oro y las imágenes de plata que han hecho sus manos pecadoras”. Veo una invitación de Dios para mirar qué nos aleja de Él, a qué le hemos dado lugar en nuestra vida, si al enojo, la falta de bondad o la dureza de corazón y es regresar a esa fuente de amor  inagotable que nos sostendrá en tiempos de dificultad y siempre. 
Que este viernes Santo recordemos la muerte de Jesús en la cruz donde fuimos salvos y que nos enfoquemos en la resurrección para apropiarnos de esa salvación y la promesa de una vida nueva en Cristo. Que sea un tiempo en  el que la iglesia se viva en casa junto a nuestras familias y seres queridos para acercarnos a Dios y orar para que sane la tierra.  “Pero si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, busca mi rostro y se aparta de su conducta perversa, yo oiré desde el cielo, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra". 2 Crónicas 7:14.
^Por: María Alejandra Moreno T.