Mientras se abría camino entre la multitud, la ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, se detuvo abruptamente frente a un admirador que lleva cargando a un fotogénico bebé de cinco meses. Sin dudarlo, Sturgeon cargó al bebé suavemente en sus brazos y le plantó un beso en la frente. Las cámaras, al unísono, hicieron clic.

Percibida por muchos como la líder de partido más eficiente del Reino Unido, Sturgeon ni siquiera contenderá en las elecciones generales del 12 de diciembre, pues forma parte del parlamento escocés en Edimburgo, no del parlamento del Reino Unido ubicado en Westminster.

Sin embargo, como líder del pujante Partido Nacional Escocés, proindependentista y antibrexit, Sturgeon es la imagen de su campaña por los 59 puestos parlamentarios de Escocia en Westminster. El éxito de esa campaña podría determinar si el Reino Unido abandonará la Unión Europea en enero. Y, si lo hace, podría determinar la supervivencia del Reino Unido a la ruptura.

En una visita reciente y bien orquestada a una organización benéfica en una zona marginada de Glasgow, Sturgeon estuvo en todas partes: ayudaba en una clase de cálculo, se ejercitaba en un gimnasio y, en la cocina, servía sopa de lentejas espesa.

“Sin duda, estas son las elecciones generales más importantes de Escocia en mi vida, porque se juega el futuro de nuestro país”, afirmó, una vez que la comida estaba servida. “Estamos en una encrucijada y el resultado de esta elección determinará el camino que tomaremos y las personas que decidirán nuestro futuro”.

De acuerdo con las encuestas de opinión, el Partido Nacional Escocés, que ya posee 35 de las curules de Escocia en el parlamento del Reino Unido, está destinado a ganar incluso más escaños. Si le arrebata suficientes votos al Partido Conservador, que tiene 13 puestos allí, podría quitarle al primer ministro Boris Johnson la mayoría que necesita para lograr el brexit.

Si eso llegara a pasar, Sturgeon podría convertirse en una pieza crucial, y su precio para apoyar a un gobierno minoritario laborista podría ser obtener la autorización de ese gobierno para que Escocia realice otro referendo de independencia. Escocia rechazó la independencia en 2014, pero —desde entonces— el brexit ha modificado el escenario político.

Hasta hace poco, los laboristas eran una fuerza dominante en Escocia. Pero Sturgeon, quien se convirtió en la líder del Partido Nacional Escocés en 2014, logró una victoria dramática en las elecciones generales de 2015, cuando su partido estuvo a solo tres escaños de ganar todos los puestos parlamentarios de Escocia. Algunos de esos escaños se perdieron en las elecciones anticipadas de 2017.

Aunque ha recibido críticas por la calidad de la salud y la educación escocesas, el éxito de Sturgeon es un símbolo de cómo Escocia se está apartando políticamente de Inglaterra. La promesa de Johnson de “hacer realidad el brexit” ha conectado con muchos votantes ingleses, pero por lo general es un fracaso al norte de la frontera.

La imagen confeccionadamente desordenada de Johnson, un inglés de clase alta, no ha funcionado con los escoceses, quienes votaron mayoritariamente contra el brexit en el referendo de 2016. Y aunque el brexit es un campo de batalla político fundamental en Escocia, para muchos no es tan vital como el tema de la independencia escocesa.

Los escoceses parecen estar perdiendo la confianza en su unión con Inglaterra, que se remonta a varios siglos. Una encuesta reciente reveló que menos de la mitad de los entrevistados afirmaron creer que el Reino Unido sobreviviría en su forma actual durante los próximos cinco años, y menos de un tercio expresaron estar seguros de que sobreviviría la siguiente década.

“Los lazos que nos unen se han debilitado”, afirmó Henry McLeish, antiguo ministro principal de Escocia y miembro del Partido Laborista. “Si no formáramos parte del Reino Unido en la actualidad, ¿querríamos unirnos? No lo creo”.

Para hacer avanzar su causa, el partido de Sturgeon debe hacerse de escaños como los de Stirling, un electorado grande con pueblos, comunidades de clase obrera y aldeas prósperas, donde el destino de Escocia se decidió en tiempos pasados: en la Batalla del Puente de Stirling en 1297, cuando William Wallace derrotó a los ingleses, y en la batalla de Bannockburn en 1314, cuando Eduardo II de Inglaterra fue derrotado.

Mientras tocaba puertas en Bannockburn, Alyn Smith, el candidato del Partido Nacional Escocés, dijo que su prioridad era “detener el brexit y enfocarnos en las cosas que les importan a las personas aquí”, añadiendo que los escoceses habían perdido la confianza en lo que pensaron que era una alianza entre iguales.

“El voto del brexit ha convencido a muchas personas de que el Reino Unido no funciona de la manera que creían”, dijo Smith, mientras intentaba convencer a los votantes de que le abrieran sus puertas en esa tarde lluviosa, fría y oscura.

Uno de los que abrió la puerta —Christopher Wilson, un taxista— le dio la bienvenida a Smith a su hogar. “Nunca voté por el brexit. Voté para que nos quedáramos en la UE, y siento que mi voz no está siendo escuchada”, sentenció Wilson, quien también está muy a favor de la independencia escocesa.

¿Qué sucede, sin embargo, si eres parte del gran grupo de personas que desprecian el brexit pero también se oponen a la independencia escocesa, como los conservadores?

En el bello y ondulado campo de golf en Bridge of Allan —un pueblo adinerado al norte de Stirling—, Fiona Darroch, quien está jubilada, afirma que definitivamente no apoyará al Partido Nacional Escocés, aun cuando no es partidaria del brexit.

“En Escocia, la mayoría no quiere salirse del Reino Unido”, afirmó, mientras caminaba por el green del campo de golf. “Inglaterra es nuestra vecina y nuestra familia. Yo no quiero una frontera”, añadió Darroch, quien aseguró que normalmente votaría por los conservadores pero que esta vez planeaba cambiarse a los Liberal Demócratas, que están a favor de ser parte de Europa.

Este tipo de deserciones podrían ser letales para el candidato conservador, Stephen Kerr. Sin embargo, el enfoque en la independencia les ha dado a los tories un salvavidas incluso después de un revés, cuando su antigua y popular líder en Escocia, Ruth Davidson, decidió renunciar.

La estrategia de Kerr es buscar opositores a la independencia, aunque desprecien a Johnson y su testaruda batalla por el brexit. Kerr dice estar obteniendo apoyo de personas de la clase obrera que “jamás serán votantes conservadores. Jamás. Pero están votando por los conservadores para otorgarme su apoyo y proteger la unión de los países”.

Por toda Escocia, el enfoque en estos dos temas constitucionales ha asfixiado aún más al opositor Partido Laborista. En 2005, los laboristas ganaron 41 escaños escoceses. Una década más tarde, solo obtuvieron uno en las elecciones de 2015, aunque llegaron a siete en 2017.

Los laboristas están bajo presión nuevamente, sobre todo por su política relativamente neutral hacia el brexit. Además, su voluntad reticente a considerar una segunda votación sobre la independencia escocesa hace que los laboristas parezcan confundidos y difusos ante los dos asuntos más importantes de la elección.

De acuerdo con el exministro principal McLeish, los laboristas en Escocia perdieron impulso al subestimar al Partido Nacional Escocés. “Nos volvimos sumamente complacientes”, afirmó.

Haciendo un análisis final, la independencia parece destinada a ubicarse como prioridad en la agenda escocesa sin importar quién gane las elecciones. Si los laboristas le arrebatan la mayoría a Johnson y necesitan el apoyo del Partido Nacional Escocés, eso podría abrir la ruta rápida a un segundo referendo independentista. Por otro lado, una victoria arrolladora de los conservadores conduciría al brexit, al cual la mayoría de los escoceses se opone.

Según McLeish: “Si Johnson y los conservadores en Westminster se siguen comportando de la misma manera, no es que vayamos a despertarnos súbitamente con un 60 por ciento a favor de la independencia, pero sin duda vamos a empezar a acercarnos lentamente hacia ese resultado”.

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