Ya son 19 Grandes y subiendo... Nadal se impuso en una final dramática del Abierto de Estados Unidos a Daniil Medvedev por 7-5, 6-3, 5-7, 4-6 y 6-4. Cinco sets y cuatro horas y 51 minutos en la Arthur Ashe para seguir haciendo historia.

Nadie nunca con 33 años ha cuajado una temporada como la suya en los Grand Slams: campeón en París y el Open USA, finalista en Australia y semifinalista en Wimbledon. Una barbaridad, un monumento a la regularidad dentro de la excelencia. Rafa sumó su cuarto título (2010, 2013, 2017 y 2019) en Nueva York en cinco finales y su palmarés de Majors se desgrana en 12 Roland Garros, 4 Open USA, 2 Wimbledon y 1 Abierto de Australia.

Sí suman 19, a uno de Federer. Nunca estuvo Rafa tan cerca del suizo. Su victoria en el último Grande de la temporada ha sido incontestable hasta la final donde el ruso exigió el máximo de Rafa. Sano, Nadal es candidato a todo y en todos los sitios. Y así ha sido como llegó a Flushing Meadows, a diferencia de lo que sucedió con Djokovic y Federer. Rafa cumplió con fiabilidad y momentos de juego brillante ante sus rivales mientras los adversarios más cualificados por su parte del cuadro se derrumbaban como un castillo de naipes.

En la final enfrente estaba Medvedev. El ruso de 23 años no juega bonito, pero es el jugador más fiable con diferencia de la tan publicitada «Next Gen». Tiene la cabeza y la regularidad que no muestran raquetas como la de Zverev, Kyrgios o Tsitsipas. Su verano ha sido inolvidable. Finalista en Washington y Montreal (6-3 y 6-0 cayó ante Rafa) y campeón en Cincinnati. La de Nueva York era la cuarta final seguida que jugaba y llegaba con más partidos ganados esta temporada que nadie (50).

El lunes será el número cuatro del mundo, el uno entre los terrenales y podrá presumir de haber tenido contra las cuerdas a Rafa.

Y eso que el Medvedev de los dos primeros sets es un tipo de jugador con el que Nadal no se siente especialmente incómodo. Le van los intercambios largos, no busca con prisa los golpes ganadores, prefiere un ritmo alto de partido y vivir lo más lejos posible de la red. Vamos que es como una especie de versión vintage de Rafa sin el colmillo de éste. Para hacer daño al español, en teoría, tenía que reinventarse. Eso en teoría porque cuando Rafa lo pasó peor fue cuando Medvedev regresó a su versión original. Antes buscó la red más que en el resto del torneo. Trató de ser agresivo. Y eso le valió para lograr un break en el tercer juego, aunque Rafa lo recuperó de inmediato. Cuando Nadal superó los primeros baches y se asentó sobre la pista, se convirtió en el jugador inabordable que convierte en excepcional cualquier error. El ruso es uno de los mejores restadores del circuito, pero a Rafa no le hizo ni cosquillas en el servicio. Encajó tres juegos seguidos en blanco al resto y en el duodécimo juego, en una de sus excursiones a la red, erró una volea para ceder el primer parcial después de más de una hora.

El impulso llevó al de Manacor a disfrutar de cuatro bolas de break en el cuarto juego del segundo set. Medvedev escapó vivo, pero en su siguiente saque no pudo evitar una nueva ruptura. Su tenis no encontraba respuestas a la solidez de Nadal. Rafa daba la sensación de que todavía tenía margen para jugar mejor. Y empezó a crecer con su derecha. ¿Y el ruso? Le quedaba agarrarse a datos más allá de la pista: cuando los finalistas del Masters 1.000 de Canadá y del Open USA son los mismos, el que pierde la final canadiense (Medvedev) se impone en el Major neoyorquino. Con esa tradición también acabó Nadal.

Con la final encarrilada para Rafa a Medvedev parecía que se le habían acabado los argumentos en el raquetero. Sólo lo pareció. Lo había intentado de todas las formas posibles. Había sido más atrevido que nunca. Había buscado más golpes ganadores de lo habitual, pero marchaba dos sets abajo. Se empeñó en mantenerse en pie. Fue fiel a su tenis, hubo peloteos interminables, pero el desgaste del juego de Rafa no le afectó. Sufrió un break en el quinto juego y no se inmutó. La pelea desde el fondo de la pista no dejó prisioneros. Los intercambios se fueron por encima de los 20 golpes. El ruso sobrevivió, lo devolvió todo y llevó a Nadal hasta el cuarto set.

Con el partido convertido en una jungla, el ruso y Rafa decidieron volver a sus orígenes. Se anclaron ambos más allá de la línea y el intercambio de palos se convirtió en una constante. Con más de 3 horas y media cada punto fue una labor de zapa y desgaste. Moyá había anunciado que enfrente iba a estar «un frontón, una pared» y Nadal se estrelló contra eso en el cuarto set.

El quinto set empezó cuesta arriba porque el ruso se convirtió en un robot. Se habían alcanzado las cuatro horas de final y Medvedev cometía menos errores que al principio. El mundo al revés. Con su primer saque, Rafa fue capaz de salvar dos bolas de break. Con la final cuesta arriba pidió la ayuda del público. Y Medvedev se sobreponía a todo. Respondía desde el fondo, se iba a la red y con su estilo heterodoxo conectaba golpes imposibles. En algún momento tenía que flaquear. Y reventó. Lo hizo en el quinto juego. Cedió dos bolas de break y Nadal aprovechó la segunda oportunidad.

Quedaba por confirmar el paso al frente y si el ruso sufría secuelas por la ruptura. A diferencia del anterior set, Rafa confirmó la escapada. Y Medvedev, por fin, titubeó. Nunca había ganado un partido a cinco sets y esta vez no iba a ser la primera. Salvó dos bolas de partido, pero Nadal ya había despegado definitivamente hacia el décimo noveno Grande, a continuar la caza de Federer, a estar muy cerca de recuperar el número uno... a seguir haciendo Historia.



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