Una pelea entre pandillas rivales en una prisión en el norte de Brasil cobró la vida de por lo menos 57 reos, de los cuales dieciséis fueron decapitados, según funcionarios penitenciarios.
El enfrentamiento en el estado de Pará fue el más reciente brote de violencia mortal en las prisiones sobrepobladas y propensas a tener motines de Brasil, que en años recientes han tenido un aumento de población carcelaria sin que las inversiones en el sistema crezcan a la par.
Hay poderosos líderes del narcotráfico que siguen dirigiendo sus emprendimientos delictivos detrás de las rejas en los centros de reclusión de Brasil, que tienen menos personal del requerido. Y aunque los funcionarios penitenciarios suelen separar a las pandillas rivales, con frecuencia las rencillas desembocan en violencia. En mayo, una pelea similar en una cárcel en el estado vecino de Amazonas provocó la muerte de 55 reclusos.
Los funcionarios penitenciarios dijeron que los reos en el Centro de Rehabilitación Regional en Altamira, una ciudad en el sureste de Pará, tomaron como rehenes a dos custodios durante un altercado que comenzó en las primeras horas del domingo.
Un incendio se desató durante las riñas. Cuando los funcionarios retomaron el control de la prisión, descubrieron que por lo menos dieciséis reos habían sido decapitados y 41 habían muerto por la inhalación de humo.
“La masacre de hoy en Altamira es otro funesto recordatorio de que los gobiernos federal y estatal han perdido el control del sistema penitenciario de Brasil”, dijo Robert Muggah, director para investigaciones del Instituto Igarapé, un centro de expertos en Río de Janeiro que estudia la seguridad pública. “La violencia carcelaria es el resultado predecible de una política de encarcelación en masa que prevalece desde hace mucho tiempo”.
Funcionarios correccionales de Pará dijeron en un comunicado que las muertes fueron resultado de un enfrentamiento entre grupos rivales del narcotráfico que se habían disputado el control del centro. Según el comunicado, los integrantes del grupo Comando Classe A prendieron fuego a las celdas que estaban ocupadas por miembros del Comando Vermelho (o Comando Rojo).
“Los prisioneros se las arreglaron para tomar como rehenes a un par de custodios, pero los dejaron en libertad porque se trataba de un ajuste de cuentas entre dos facciones”, dijo en una declaración Jarbas Vasconcelos, superintendente del sistema penitenciario de Pará.

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A decir de los funcionarios, hallaron navajas hechizas en el área después de que se apagó el incendio.
Una inspección del centro de Altamira, que llevó a cabo este julio el Consejo de Justicia Nacional —agencia gubernamental que supervisa las instalaciones carcelarias—, señaló que la prisión tenía “pésimas” condiciones. En el informe disponible al público, la agencia descubrió que en la prisión había 343 reos pese a que solo tenía capacidad para albergar a 163.
En una declaración, el sistema penitenciario rebatió la información de que el centro correccional estaba sobrepoblado.
Brasil, que tiene más de 811.000 reos, ocupa el tercer lugar en países con las poblaciones carcelarias más grandes del mundo, solo por debajo de Estados Unidos y China.
A pesar de los problemas ya añejos en el sistema penitenciario, hay poca voluntad política para emprender reformas a la justicia penal brasileña que reduzcan la población carcelaria y prioricen la rehabilitación en lugar del castigo.
Sérgio Moro, ministro de Justicia, dijo después de lo sucedido que el gobierno ofreció transferir a los líderes de las facciones involucradas en el enfrentamiento a prisiones federales para “aislar a los responsables de esa barbaridad”. Dijo que deberían “permanecer encarcelados de por vida en prisiones federales”.
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y legisladores federales están tratando de hacer que las sentencias por delitos de narcotráfico sean más severas, lo cual probablemente empeore el hacinamiento en las cárceles.
“Por desgracia, la mayoría de los brasileños se encogerán de hombros ante este brote de violencia reciente; ya están insensibilizados ante el ritual de derramamiento de sangre en las cárceles del país”, dijo Muggah, del Instituto Igarapé.
De hecho, algunos brasileños celebraron las muertes.
“La verdad es que nadie los va a extrañar”, dijo Gilson Cardoso Fahur, legislador federal y exoficial de policía, en un video que publicó en Twitter. “No cometerán delitos de nuevo”.