¿Alguna vez viste un unicornio? No en pintura ni en tapices, tampoco en ninguno de esos productos brillantes pensados para niñas. Me refiero a uno de verdad, es decir, una de esas criaturas con forma de caballo, pezuñas hendidas, barba de chivo y, por supuesto, un cuerno largo en espiral —su característica más reconocible— saliendo de su frente.


Yo sí he visto uno.
Con la mano en el pecho puedo decir que, por lo menos, he visto el cuerno de uno. Me topé con él recientemente en París, en una exhibición del Museo Cluny, que alberga una colección fascinante de arte medieval.
Era una pieza de marfil montada sobre una base de bronce oscuro que se robaba las miradas. Fue diseñada por un escultor estadounidense posmoderno, Saint Clair Clemin, para lo que se inspiró en un pedestal con la forma de cabeza de unicornio que había hecho el orfebre italiano renacentista Benvenuto Cellinipara un cuerno similar que perteneció al papa Clemente VII.
Claro está que la pieza de marfil que se exhibía en el Museo Cluny —y puede que también la del Papa del siglo XVI— nunca adornó la cabeza de un unicornio. De haberlo hecho, el pobre animal hubiera tenido problemas para comer, ya que el cuerno le hubiera impedido bajar el hocico lo suficiente para poder pastar.
Aquel “cuerno de unicornio” que se muestra en el museo francés es en realidad el colmillo helicoidal de un narval, un cetáceo que vive en las aguas del Ártico, frente a las costas de Rusia, Groenlandia y Canadá.
Los machos se caracterizan por tener un colmillo, en realidad un canino que sobresale y puede alcanzar los 3,5 metros de largo.
Según Béatrice de Chancel-Bardelot, la curadora de la exhibición Unicornios mágicos, en la Europa Occidental de la Edad Media la gente creía que esos exóticos colmillos de narval eran cuernos de unicornios. Se pagaba por ellos un alto precio.

¿Cómo acabaron esos colmillos en Europa?

En Groenlandia, donde los narvales a veces eran arrastrados por las olas hasta las playas, la gente se dio cuenta de que en esas piezas de marfil extrañas y abundantes podía haber un negocio en una zona más lejana. Así que fueron llevados a Europa a través de una red que pasaba por Escandinavia y se convirtieron con el tiempo en objetos de prestigio, codiciados por príncipes y Papas, que a veces ni siquiera sabían qué eran.
No podemos culparlos, pocos europeos habían visto alguna vez un narval. Así que los académicos recurrieron a los textos del pasado en busca de claridad.
Erróneamente, supusieron que los colmillos procedían de los monoceros, el nombre con el que los antiguos griegos llamaban a unas bestias con cuerno que fueron descritas, entre otros, por el escritor romano del siglo I Plinio el Viejo como un “animal muy fiero” con el cuerpo de un caballo, la cabeza de un ciervo, los pies de un elefante y la cola de un jabalí.
Supuestamente, según Plinio, los monoceros emitían una especie de mugido grave y tenían un cuerno negro de casi 90 centímetros de largo en medio de la frente. Según escribió, era imposible capturarlos vivos.
En la actualidad, los expertos creen que esta descripción correspondía a la de un rinoceronte.
Pero la versión en latín de la palabra monoceros, unicornis, acabó convirtiéndose en nuestro término actual: unicornio.
En el siglo XII, ya se había extendido la creencia de que los colmillos de narval eran cuernos de unicornio. Se valoraban como maravillas de la naturaleza y se guardaban entre los tesoros de las iglesias, a veces se usaban para hacer candelabros.

La tesorería de la Abadía de Saint-Denis, por ejemplo, registró uno de 1,8 metros que hoy es el más antiguo de la colección del Museo de Cluny.
A medida que pasaban los años estos “cuernos de unicornio” fascinaron a estudiosos que cada vez estaban más interesados en la historia natural.
Muchas enciclopedias medievales y bestiarios recogen ilustraciones de unicornios, proveyendo así de los ejemplos más antiguos de unicornios en el arte occidental. Cuando el mercader y explorador italiano Marco Polo viajó a Asia, vio rinocerontes y creyó que se trataban de este animal mítico.
“Estaba un poco decepcionado”, afirma Chancel-Bardelot, “porque no eran blancos y sus cuernos eran cortos y gruesos, no como los colmillos de narval, que son largos, hermosos y en espiral”.
Aun así, la gente llegó a creer que el unicornio -que también se menciona en la Biblia, según Chancel-Bardelot, donde dice que es un “animal salvaje y amenazante”- vivía muy lejos, en tierras orientales.
Durante el siglo XV, un canónigo de la catedral de Maguncia, en Alemania, relató que cuando peregrinaba a Tierra Santa vio un unicornio, entre otros animales extraños, en el desierto del Sinaí.

Criaturas mágicas

Con el tiempo, se acumularon muchas creencias alrededor del unicornio.

Se decía que sus cuernos tenían poderes mágicos: que podían hacer que el agua hirviera o que si se remojaba en una bebida o se añadía a la comida, neutralizaba el veneno que pudiera contener (la medicina árabe del siglo XII ya lo usaba como antídoto). Esto explica por qué estos cuernos resultaban tan atractivos para los gobernantes de toda Europa.

También se decía que purificaban el agua. El Museo de Cluny muestra un sorprendente contenedor de agua de aleación de cobre de los años 1400 con la forma de un unicornio, usado para el lavado de manos simbólico durante la misa o para antes de comer.

Esta asociación con la pureza también se extendió a la sexualidad femenina. Se suponía que solo una joven virgen podía tentar a un unicornio, que según la tradición eran siempre machos, para que acabara en cautividad. De lo contrario, tenían fama de ser unas criaturas escurridizas y demasiado rápidas para ser atrapadas.
Como consecuencia, el unicornio -pese a la potencial naturaleza fálica de su principal característica- se convirtió en un símbolo de castidad y pureza femenina.
A finales del medievo, los unicornios fueron usados por varias princesas y mujeres de la nobleza como emblemas. En 1447, por ejemplo, un artista italiano creó una medalla con el retrato de Cecilia Gonzaga, hija del primer marqués de Mantua, en Italia, que incluía un unicornio como símbolo de su castidad.
El significado de un unicornio también podía cambiar de acuerdo al lugar. La exhibición muestra un tapiz, préstamo de la Colección Burrell, en Glasgow, que revela que en el Valle del Rin, entre los siglos XV y XVI, la caza del unicornio se asociaba con la Anunciación.
El tapiz muestra al Arcángel Gabriel soplando un cuerno y sosteniendo un perro de caza con una correa mientras que un pequeño unicornio blanco salta al regazo de la Virgen María, sentada en un jardín cerrado. El unicornio es así, según Chancel-Bardelot, “asociado con Cristo y su pureza, libre de pecado”.
Según la curadora de la exhibición Unicornios Mágicos, sin embargo, la verdadera “edad de oro” del unicornio en el arte de Europa Occidental coincidió con los últimos años de la Edad Media, entre los siglos XIV yXV, el periodo en que nació el mayor tesoro de la muestra del Cluny: los tapices de La dama y el unicornio.
Un unicornio blanco elegante aparece en cada uno de los seis tapices que componen la muestra. También lo hacen una mujer de la nobleza vestida con opulencia que va acompañada de un león y (sobre todo) de una doncella, todos ellos flotando en un fondo rojo lleno de plantas florecientes y otros animales, entre ellos, monos y conejos.
El significado del sexto tapiz, que contiene una carpa con la inscripción Mon Seul Désir (Mi único deseo), todavía se debate.
Los expertos están de acuerdo, no obstante, en que los tapices se elaboraron alrededor de 1500, para cuando el unicornio se había convertido en un elemento popular en los escudos de armas (por ejemplo, es el animal nacional de Escocia).
El museo The Cloisters, en Nueva York, también posee un precioso set de siete magníficos tapices con unicornios que, probablemente, también fueron diseñados en París en el cambio del siglo XVI.

Diferentes tipos


Esta connotación de pureza puede explicar por qué el unicornio suele ser blanco, aunque su apariencia puede cambiar según donde sea dibujado.

En la Edad Media, los unicornios italianos parecían chivos o incluso camellos, con pelo greñudo mientras que para los países de habla alemana tenía un pelaje marrón o de lunares. En cierto modo, estas variaciones no resultan sorprendentes, dado que el unicornio es una bestia que solo existe en la imaginación.

Durante el Renacimiento, sin embargo, el escepticismo respecto a las propiedades milagrosas de los cuernos de unicornio creció.

En el siglo XVI, el cirujano Ambroise Paré, que fue médico de cuatro reyes franceses, desechó la idea de que el cuerno de unicornio pudiera tener efectos medicinales.

Ocasionalmente, los unicornios aparecían en el arte: a inicios del siglo XVII hubo un bello ejemplo en el ciclo al fresco hecho por Annibale Carracci y su equipo para el Palazzo Farnese, en Roma. Pero, a medida que la creencia en esta criatura mitológica caía en declive, también la edad de oro del unicornio llegaba a su fin.
Aunque las cosas cambiaron en las últimas décadas del siglo XIX, con el redescubrimiento de los tapices de La dama y el unicornio, que inspiraron a artistas como el pintor francés Gustave Moreau, precursor del simbolismo.
En 1887, cinco años después de que el Museo Cluny adquiriera estos tapices, Moreau acabó su sensual lienzo Los unicornios. Más de medio siglo después, en la década de 1950, el polímata francés Jean Cocteau concibió y diseñó un ballet inspirado también en estos tapices.
En cuanto a nuestros días, pareciera que estamos viviendo otra etapa dorada del unicornio, que está impregnado en la cultura popular: estos animales adornan desde juguetes hasta camisetas y gozan de popularidad entre las niños y adolescentes de Europa y Estados Unidos.
Al igual que la bandera multicolor, el unicornio es un símbolo internacional importante para la comunidad LGBT.
El significado de un unicornio de origami, que aparece al final de la película Blade Runner de Ridley Scott de 1982, generó mucho debate. En Instagram, la etiqueta #unicorn (unicornio, en inglés) aparecía en 10,5 millones de publicaciones al momento de escribir este artículo.
“La dama y el unicornio” inspiró a Gustave Moreau para pintar “Los unicornios”.
En los últimos años, la figura del unicornio también ha ido adquiriendo nuevo significados.
En Silicon Valley, un unicornio es una start-up valorada en más de US$1.000 millones. Un vino unicornio es una botella que es rara y difícil de encontrar y muy valorada por los sommeliers y quienes saben de vino.
La palabra también se usa para denominar a alguien (generalmente, mujeres bisexuales) que se acuesta con parejas, algo muy lejano de la antigua asociación del unicornio con la virginidad.
En resumen: la más escurridiza de las bestias imaginarias todavía goza de buena salud, milenios después de haber sido descrita por primera vez.
Como reza un irónico texto en una pared al final de la exhibición del Cluny: “Si bien la existencia del animal lleva siendo debatida por los científicos desde el siglo XVI, su riesgo de extinción no es una preocupación inmediata”.
Puedes leer el artículo original en inglés aquí.
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